Aromas del monte: 5 plantas nativas que no sabías que eran tan fragantes
Hay una cosa rara con el monte nativo uruguayo. Sabemos bastante de qué plantas lo forman, dónde crecen, cómo se llaman en latín y en criollo. Y sin embargo, si uno busca a qué huele cada una, se encuentra con un silencio raro.
Los estudios existen. Hay química publicada, aceites esenciales analizados, compuestos identificados con nombre y porcentaje. Lo que casi no hay es alguien que se haya sentado a escribir, en palabras, qué se siente cuando frotás una hoja entre los dedos. Es un hueco curioso: conocemos la fórmula y no tenemos la descripción.
Estas cinco son de las que más tienen para dar.
1. Cedrón de monte (Aloysia gratissima)
Si hubiera que elegir una sola planta aromática del monte uruguayo, es esta. Y no es opinión: el nombre científico lo dice. Gratissima quiere decir "muy agradable", y se lo pusieron por el olor.
Es un arbusto de hasta tres metros, de aspecto desprolijo, con ramas terminadas en punta y follaje ralo. Las hojas son lanceoladas, verdes arriba y blanquecinas abajo, y sus flores blancas son intensamente perfumadas. Pertenece a la misma familia que el cedrón de jardín, las verbenáceas, de ahí el nombre común.
De su aceite esencial se conocen los componentes mayoritarios: guaiol, 1,8-cineol —el mismo compuesto que domina el eucalipto—, espatulenol y cadinol.
Un detalle que complica cualquier respuesta simple a "¿a qué huele?": un relevamiento del INTA que recolectó 360 ejemplares entre 2015 y 2016 encontró dos composiciones de aceite claramente distintas dentro de la misma especie, asociadas sobre todo a poblaciones serranas. O sea que dos cedrones de monte pueden oler distinto y los dos ser cedrón de monte. El lugar donde creció le cambia el perfume.
2. Romerillo (Baccharis aliena)
De las cinco, la que tiene la hoja mejor descrita. Y no es porque sea llamativa, sino todo lo contrario: es minúscula.
Las hojas del romerillo miden entre 5,5 y 13 milímetros de largo por medio milímetro de ancho. Son casi agujas. Están dispuestas en espiral sobre el tallo, sin cabito, y de ese parecido con el romero de cocina —que no tiene ningún parentesco con él— viene el nombre.
El rasgo que lo delata en el campo es el tacto. El follaje es glutinoso: pegajoso, resinoso, se te queda en los dedos. Esa resina es la que guarda el aceite. La superficie de la hoja es glandular, y las glándulas son literalmente las bolsitas donde la planta almacena sus volátiles.
Es una planta dioica: hay ejemplares macho y ejemplares hembra, en plantas separadas. Forma matas globosas de uno a tres metros.
Aclaración necesaria, porque acá se confunde media biblioteca: durante décadas se lo conoció como Heterothalamus alienus, y bajo ese nombre está casi toda la bibliografía vieja. Y no hay que confundirlo con Baccharis dracunculifolia, que es otra especie distinta, la chirca blanca.
3. Molle ceniciento (Schinus lentiscifolia)
Este se identifica a distancia y sin tocarlo, por el color.
El follaje es de un verde grisáceo apagado que le da a la copa entera un aspecto plateado, casi de ceniza. De ahí el nombre. El Jardín Botánico de Montevideo lo destaca como ornamental justamente por eso: no por la flor ni por el fruto, por el color de la hoja.
Es el único de los cinco con hoja compuesta: en lugar de una lámina única, la hoja se divide en 4 a 7 pares de folíolos sobre un eje central que además tiene alas. Y es paripinnada, o sea que los folíolos van de a pares y no hay uno solo en la punta, lo que la distingue de otros molles cultivados. Es un árbol de siete u ocho metros con copa redondeada.
Como toda anacardiácea del género Schinus —el mismo del molle y del aguaribay—, es una planta resinosa. Hay al menos cuatro estudios de su aceite esencial foliar, uno de ellos hecho con material uruguayo, publicado en 1996. Ninguno está disponible en abierto, así que los porcentajes de sus compuestos siguen, para el público general, del otro lado de una puerta cerrada.
4. Pitanga (Eugenia uniflora)
Todo el mundo la conoce por el fruto rojo acanalado. Casi nadie por la hoja, que es la parte más estudiada de la planta.
Las hojas son simples, opuestas, ovado-elípticas, lisas y de un verde claro brillante que mantiene todo el año. El Recetario de frutos nativos del Uruguay del MGAP las describe con "aroma agradable" y registra su uso en infusión.
Su aceite esencial foliar es de los mejor documentados de la flora nativa regional, y tiene una rareza: está dominado por sesquiterpenos y no por monoterpenos, al revés que la mayoría de las plantas aromáticas. El compuesto principal es el curzereno, y acá viene lo interesante: en el mismo estudio, entre distintas muestras, el curzereno varió del 10,5 % al 53,4 %.
Los autores fueron a buscar la explicación en la estación del año y en la localidad. No la encontraron. Ni la época ni el lugar explicaban la variación: plantas del mismo hábitat daban perfiles distintos, y una misma planta cambiaba entre estaciones. Encontraron cuatro grupos químicos que no responden a ninguna de las dos variables.
Dicho de otro modo: cada pitanga es un poco su propia planta.
5. Arrayán (Blepharocalyx salicifolius)
El nombre científico es una descripción. Salicifolius significa "de hoja de sauce", y eso es exactamente lo que ves: una lámina angosta, alargada, terminada en punta fina, de borde liso y verde brillante, que no se cae en invierno.
Las flores están documentadas como muy fragantes. La hoja tiene un aval más terrenal: el mismo recetario del MGAP la registra como aromática de cocina, usada para acompañar pescados y carnes y para aromatizar aceites. Si alguien la usa para eso, es porque la hoja da olor. Es la prueba más práctica que hay.
De su aceite esencial foliar hay perfil publicado, aunque sobre material brasileño y no uruguayo: p-cimeno un 25,9 %, γ-terpineno 12,5 %, óxido de cariofileno 9,6 %, α-pineno 9 %. Son monoterpenos de nota seca y herbácea. Vale la aclaración del origen, porque estas plantas cambian de química según dónde crezcan, y presentar un análisis brasileño como el aroma del arrayán uruguayo sería ir más lejos de lo que el dato permite.
Lo que falta escribir
Repasando las cinco, el patrón se repite: hay química, hay nombres de compuestos, hay porcentajes. Lo que falta es la palabra.
De ninguna de las cinco encontramos una descripción sensorial publicada. Nadie escribió a qué huele la hoja del molle ceniciento cuando la partís. Ni la del romerillo cuando la resina te queda en la mano. Existen los datos, existe la planta, y en el medio hay un renglón en blanco.
Ese renglón no lo llena un paper. Lo llena alguien que fue, cortó una hoja y la olió. Y eso, por suerte, no requiere permiso de nadie.
Fuentes: Flora del Uruguay · Facultad de Ciencias, UdelaR · MGAP, Recetario de frutos nativos del Uruguay · Jardín Botánico de Montevideo · INTA · Máthé & Bandoni (eds.), Medicinal and Aromatic Plants of South America Vol. 2, Springer 2021 · Costa et al., International Journal of Forestry Research, 2014 · Gonçalves et al., Journal of Medicinal Plants Research, 2021.
